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Llamanos

 

Existen momentos en la vida de cada uno de nosotros que nos llevan a cuestionar las decisiones del cielo; la muerte, es uno de ellos. Cuando sufrimos la pérdida de un ser querido que ha partido, el dolor que sentimos es inevitable, pero debemos aprender que ese dolor nos lleva a un aprendizaje, y que, aunque no queramos, debemos avanzar en el camino del sufrimiento, para encender la luz que nos ayudará en la lucha que hay dentro de nosotros mismo y que no se cura con solo el paso del tiempo.

 

Debemos aceptar que cada día trae un sentimiento y una emoción nueva, y que, en esa montaña rusa de emociones, debemos estar dispuestos a sentir el dolor que infortunadamente trae el duelo, porque guardarlo y reprimirlo, hace que la agonía crezca y en cualquier momento nos haga explotar.

He descubierto durante los años de trabajo terapéutico, que aquellas personas que han atravesado algún sufrimiento, que han sentido el dolor profundo de una pérdida y que han conocido su alma a través de ese dolor, son las personas más llenas de amor por la vida, de compasión por los demás, son personas que al conocer la oscuridad que puede representar un duelo, buscan la oportunidad para iluminar su vida, convirtiendo su dolor en resiliencia.

Elizabeth Kübler-Ross, una de las autoras más reconocidas e importantes que habla sobre la muerte, manifestaba que “La gente bella no surge de la nada”, haciendo referencia justamente a la importancia de caminar ese sendero oscuro en el que quedamos tras la partida de un ser amado.

Por más que nos cueste entenderlo, todos los aprendizajes de nuestra vida son un regalo, incluso si el maestro es el dolor. Nietzsche decía “En el dolor hay tanta sabiduría como en el placer: ambas son las dos grandes fuerzas de la especie”, por eso soy insistente al decir que, si nos damos la oportunidad de disfrutar y de aprender de todo lo maravilloso que nos ocurre, ¿por qué no vivir, experimentar y aprender del dolor?

Hoy quisiera reflexionar sobre la utilidad del dolor en nuestra vida, pues al asumirlo como un aprendizaje y vivirlo como una experiencia que nos lleva a la sanación, logramos entender que es éste el que nos ayuda a liberar nuestras emociones para poder continuar.

Hay que entender el dolor como un camino, no como el único camino, pues debemos ponerle un límite a esa vivencia para que no se convierta en un sufrimiento extendido que nos lleve a situaciones desagradables. El dolor es bueno siempre que nos permita mirar hacia adelante y nos ayude a entender que hay cosas inevitables en la vida.

Este sentimiento nos permite hacer todo un proceso de sanación que nos convierte en espectadores de nuestra propia película, viendo en primera fila que hay un antes y un después del dolor y que, por más fuerte o prolongado, el proceso valió la pena porque entendimos que ni la felicidad ni el sufrimiento son permanentes y que a fin de cuentas, es un acto de amor, porque quiere decir que alguien mereció la pena de llevarnos a este proceso de aprendizaje.

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